Inicio Gatos y palmeras Granotahistoria ‘El día que fuimos grandes’: 40 años del fichaje de Cruyff por el Levante por Emilio Nadal (II)

‘El día que fuimos grandes’: 40 años del fichaje de Cruyff por el Levante por Emilio Nadal (II)

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El 27 de febrero de 1981 Johan Cruyff firmó por el Levante UD. Ese día nuestro Levante UD fue portada de numerosos medios nacionales e internacionales por el fichaje del mito holandés. Quizás por primera vez, – por entonces solo habíamos jugado 2 años en Primera División a finales de los años 60-, el club era noticia. Éramos grandes. Un mito iba a destilar fútbol en el Ciutat de València. Pero ¿cómo recuerdan los levantinistas ese día?

Por eso hoy, 40 años después del día que fuimos grandes, hemos querido preguntar a varios destacados levantinistas que supuso el fichaje de Cruyff por el Levante UD. Así lo recuerda Emilio Nadal, actual responsable del departamento de Historia y exjefe de prensa del Levante UD:

Del golpe del Estado del 23 de febrero de 1981 recuerdo la sensación de caos que embargó a mi familia. Por aquellos días únicamente me interesaba la resolución del culebrón del fichaje de Cruyff por el Levante. Desconocía la ascendencia y la envergadura de Cruyff como futbolista, aunque algo intuía por la vorágine mediática producida. De la rebelión militar, la primera imagen que se presenta en mi cabeza, con una diafanidad extrema, es la de mi padre en el comedor de la casa de mi abuela Emilia con una radio pequeña pegada a su oído. Habíamos salido del colegio. Él estaba sentado en un sofá verde junto al balcón.

Su rostro iba dibujando una mueca entre la sorpresa, la indignación y el horror. Huelga comentar que yo no entendía nada de lo que estaba ocurriendo en el Congreso de los Diputados. Le pregunté algo, pero se llevó los dedos a la boca en señal de silencio. El Teniente Coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero irrumpió como una bestia en el interior del hemiciclo acompañado por unos 200 guardias civiles mientras se procedía a la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno. Fue el inicio de un levantamiento militar que puso en jaque a la España democrática y a mi familia. De casa de mi abuela Emilia pasé a casa de mi abuela Lola, la mejor de las abuelas. Mis abuelas vivían en Benicalap.

Allí me recogió mi madre, como hacía cada tarde, para marchar hacia Godella. Era un itinerario que recorríamos mil y una veces. La vieja carretera de Burjassot estaba atestada de tanques que procedían desde la base de Bétera en dirección hacia Valencia. Milans del Bosch había impuesto el Estado de Excepción en la capital del Turia. Yo alucinaba ante la visión catastrófica que se abría a mis ojos.

Jamás había visto tantos tanques juntos. Ni en las películas de guerra. No podía imaginar que existieran tantos carros de combate. Los tanques bramaban a su paso emitiendo un gruñido desolador. Aquel rugido parecía presagiar el apocalipsis. Las aceras de Godella al día siguiente estaban destrozadas tras su paso. El camino de vuelta en el viejo Simca Mil de mi madre conforma la segunda estampa de aquel intento de sublevación. Aquella tarde mi madre no estaba especialmente locuaz. La preocupación estaba impregnada en su mirada, aunque, como solía hacer siempre que había algún problema, trataba de restar gravedad al asunto. 

Por casa apareció Vicente. Mis padres se habían separado. No era un hecho habitual en las familias de los primeros ochenta. Vicente es el marido actual de mi madre. Prácticamente acababan de conocerse. Por entonces estaba afiliado al Partido Comunista. Por casa todavía circula una fotografía suya de la época ejerciendo de cordón de seguridad de Santiago Carrillo en un evento del PCE en Valencia. La insurrección alertó sus sentidos. La inquietud que envolvía a mi madre estaba justificada. Vicente se planteó romper con el presente para marchar a Francia.

El recuerdo de julio de 1936 estaba cercano. No había amanecido todavía de la tenebrosa y profunda noche de la represión franquista. Su condición de afiliado al PCE le podía situar en el foco de la opresión en el caso del triunfo de la sedición. El asunto se enturbió porque no sabíamos nada de mi padre. Él estaba en su casa del barrio del Carmen, pero no lo pudimos confirmar. Para él fue una odisea entrar en Valencia, pero lo hizo. 

No estábamos en el Pleistoceno, pero no había teléfonos móviles, ni whatsApp o redes sociales que acortaran las distancias físicas. En mi casa había dos teléfonos de góndola rojos. Éramos modernos. Así que no tuvimos más noticias suyas a lo largo de una noche tensa. Yo me acosté tarde. La televisión y la radio, los principales medios de comunicación junto a los periódicos, fueron incautados de forma momentánea. La radio solo emitía marchas militares. Era como un bucle. 

El discurso del rey, pasada la medianoche, apaciguó los ánimos. No recuerdo si fui a clase al día siguiente. Sí que recuerdo que mi padre me confirmó que los militares le habían parado a la altura de las Torres de Serrano. No obstante, pudo acceder a su casa. Yo me sentí orgulloso de él. Para mí fue un valiente. El martes 24 de febrero durante la mañana el General Tejero pactó su rendición. Fue el epílogo. Mi padre, mi madre, Vicente y yo no volvimos a coincidir juntos durante más de cinco minutos hasta el día que me casé con Eva en los juzgados de Godella. Y ese acontecimiento inesperado para todos sucedió en marzo de 2014.

Aquel lunes golpista resonaban los ecos de la notable victoria granota en el Santiago Bernabéu ante el Castilla (1-2). Fue un triunfo liberador después de un largo extravío en la competición. El equipo de Orriols transitó entre sombras y tinieblas en un mes de febrero funesto. Fue un viacrucis tormentoso marcado por las derrotas consecutivas ante el Elche, Sabadell y Ceuta y el empate casero ante el Getafe. Campuzano y Latorre lideraron la revolución blaugrana en el feudo de Chamartín que presentó una gran afluencia de público. 

“Resucitó el Levante a costa de un frágil Castilla”, tituló en la jornada del domingo 22 El Mundo Deportivo. “El Levante vuelve por sus fueros”, relató la crónica del diario Levante. La escuadra de Pachín finiquitó una espiral adversa de resultados. El técnico fue elocuente en sus manifestaciones; “Miro más hacia debajo de la tabla que hacia arriba”.

Sin embargo, la primacía informativa seguía capitalizada por Johan Cruyff. En ese instante de la cronología, y después de varias semanas apelando al principio de incertidumbre, el futbolista holandés parecía acercarse a la orilla de Inglaterra para vincularse al Leicester City. “Ni al Levante, ni al fútbol americano”, recogía Levante en la jornada del miércoles 25 de febrero estableciendo una conexión entre su futuro más cercano y el proyecto de los Foxes.

Parecía que Helenio Herrera iba a salvar sus calzoncillos. El técnico del Barcelona apostó, en la rueda de prensa del duelo entre el Barça y el Hércules, esa preciada e íntima prenda. A su juicio, Cruyff nunca desembarcaría en las filas del Levante. Era un desafío tan esperpéntico como erróneo fue su pronóstico ante el desenlace definitivo. Aquel sueño desproporcionado, que encubría una pretendida operación de marketing, se consumó en los días finales de febrero. El viernes 27 Francisco Aznar, en calidad de presidente del Levante, aguardaba ilusionado en la terminal del Aeropuerto de El Prat el aterrizaje del holandés.

Su primera misión fue la imposición de la insignia de oro y brillantes. El mandatario elucubró ante los medios de comunicación presentes sobre la gira por la Vieja Europa y América del Levante con Cruyff como estandarte y reclamo. Todo estaba planificado. La tournée se desarrollaría durante el periodo estival. La entidad saltaría allende Los Pirineos para cruzar el charco en pos del continente de los sueños. 

Eran proyectos barnizados por la inconsistencia de la arena. No tenían firmeza. Cruyff fue presentado en sociedad esa misma tarde. “Ahora soy más listo que cuando estaba en el Barcelona”, advirtió. “Aquí hay dos cosas. Una el clima y las preferencias de mi familia de vivir en España. La otra es que este país sirve de lanzamiento de mi marca comercial hacia América del Sur”, respondió al ser cuestionado por las motivaciones que propiciaron su conversión en jugador granota.

El sábado pisó el coliseo del Ciutat en el último entrenamiento previo al encuentro ante el Palencia. “Cruyff será el número 9 del Levante”, matizó José Vicente Aleixandre. “Anoche se canceló la deuda con la Federación”, corroboró el maestro de periodistas. Era una condición ineludible en la concreción del fichaje. La Federación Española exigía el abono de 11 millones de pesetas en efectivo para tramitar la ficha del atacante. De repente, la confrontación ante la escuadra palentina adquiría músculo y vigor. 

Las crónicas inciden en que el estreno de Cruyff con la camiseta azulgrana y con el nueve a la espalda fue grisáceo. “Más sargento que maestro”, encabezó la pluma avezada de Aleixandre. La escuadra castellana, integrado por un grupo de honrados jugadores que trataban de mantener el tipo en Segunda A, se convirtió en una especie de convidada de piedra. Sin buscar la gloria, se citó con un momento histórico para la entidad de Orriols. Fue un instante que quedó grabado en la memoria de los aficionados azulgranas. Una nube de fotógrafos trató de inmortalizar la salida de Cruyff desde el túnel de vestuarios.

Aquella tarde todo gravitó en torno a la figura del atacante holandés. El Levante y Cruyff conformaban una extraña ligazón. Sus fuerzas eran antitéticas. Recalcan las fuentes de la época que la grada no registró un llenazo legendario, tal y como se pronosticaba en las horas previas ante el pedigrí del futbolista. No obstante, había ambiente. No hay imágenes de Cruyff con la camiseta azulgrana con el distintivo de la entidad sobre su pecho. La recaudación de la confrontación fue jugosa. El Levante ingresó cinco millones de pesetas a sus maltrechas arcas.

Pousada capitalizó el gol de la victoria. “Lo importante era ganar”, confirmó el gran protagonista. “El ambiente que rodeó el encuentro nos perjudicó”, expuso Pachín.  Cruyff no hizo el partido de su vida ante el Palencia, pero, como contrapartida, sí que confirmó las expectativas económicas que los dirigentes blaugranas habían puesto en la contratación del futbolista holandés. No en balde, uno de los planteamientos acentuados en la hoja de ruta era el influjo que Cruyff podría tener sobre la masa social, un aspecto que se traduciría en un aumento de los seguidores en los partidos que el Levante tenía que afrontar al calor del coliseo de Orriols, al margen de elevar el nivel deportivo de un bloque que se había introducido en la zona alta de la tabla. Por desgracia, aquella imprevisible historia no siguió las pautas marcadas durante cinco meses repletos de oscilaciones en el plano deportivo y social.

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